Discurso pronunciado por el Dr. Andrés Di Pelino

Acto de colación de grado del día 30 de abril de 2026

Andrés Di Pelino

Andrés Di Pelino

Buenas tardes. Señora vicedecana, señores secretarios, consejeros, señores profesores, autoridades, señores egresados, señoras egresadas, familiares, amigos, público que nos acompaña en esta oportunidad.

Bueno, me han encargado de la responsabilidad de dirigir unas palabras como docente de esta Casa, y para mí, es un enorme orgullo. Agradecerle, por supuesto el tiempo que este breve discurso insuma. Sé que están todos ansiosos por rápidamente subir al estrado y tomar el diploma, pero esto es parte de este acto. Tiene, decíamos con algunos de los profesores, un simbolismo especial y no deben ser salteados ninguno de estos pequeños momentos que ustedes están viviendo en el día de hoy.

Para nosotros desde ya es un orgullo verlos egresar de esta Casa de altos los estudios, ver que han cumplido su cometido, que han logrado el objetivo, porque eso tiene un enorme valor. Y hasta diría, tiene un valor doble porque no miento si digo que muchos de los que quisieran haber estado hoy aquí por diversas circunstancias, tal vez no lo han logrado aún. Razones, a veces personales, familiares, laborales, viajes, tal vez se los han impedido, por lo cual ese mérito insisto tiene un doble valor.

Ese día especial para ustedes esencialmente, sus familiares, sus amigos, creo que lo van a atesorar para siempre. Yo estuve alguna vez allí claramente, entonces puedo haber pasado por un montón de juras, pero si hay una que no me voy a olvidar, nunca es la propia, claro que sí.

Quisiera, me han estipulado un tiempo y no quiero abusar de él y excederme, quisiera traerles una reflexión simplemente, compartirla. Llegó a mis manos unas semanas atrás un libro, denominado la hora de clase, de Massimo Recalcati, un autor, un educador italiano que además, educador, experto especialista, es psicoanalista. Con lo cual, el libro tiene, creo yo, algún atractivo extra a cualquier otro texto que pudiéramos consultar. Y el autor, Massimo Recalcati, señala que en estos tiempos la educación ha cambiado y creo que ha cambiado y mucho, y mucho. No viene al caso aburrirlos con el pasado porque, ahora, lo que vale es el presente y el futuro, pero sea idea de que en una hora de clase reloj, un buen profesor puede hacer un montón. Puede dar un montón de sí.

Ustedes habrán pasado sin duda por un sinnúmero de materias y habrán tenido un sinnúmero de docentes, a cargo de ellas, pero estoy seguro que cada uno de ustedes recuerda, dos, tres profesores, que los han marcado. Estoy seguro de eso. Piénsenlo. Cierren los ojos. Recuerden esas clases y dense cuenta que esas clases fueron distintas al común de las otras clases, ¿no? No por una cuestión de calidad, porque eso está fuera de discusión esta Universidad y esta Facultad en particular, garantizaron siempre la calidad, la calidad académica y eso esta fuera de toda discusión.

Quiero que piensen en esos momentos donde el profesor, como dice Recalcati, el maestro, los interpelaba. El maestro los entusiasmaba, los incentivaba. En palabras del autor los enamoraba con sus clases y ciertamente, eso no es algo fácil de encontrar. Y estoy seguro que ustedes se lo llevan de esta Facultad, de esta Universidad de Buenos Aires.

Ese maestro dando testimonios, no eran solamente clases, eran testimonios. Donde en realidad había una suerte de transferencia importantísima. Porque, de lo contrario, ese vínculo no se podía generar en esos términos. Tenía que haber una transferencia, entre cada uno de ustedes y ese maestro en particular. Y creo que esas clases valen oro y ustedes se las llevan consigo. Más allá del diploma, por supuesto.

Creo también tener la necesidad de hacer alguna reflexión sobre la autoridad. Aquella vieja autoridad, los que ya tenemos algunos años encima, de la escuela, de las instituciones educativas donde había una alianza. Clara e irrompible entre los padres y los maestros, y los directivos de las escuelas por supuesto, también. Y esa alianza, reforzaba esa idea de que la autoridad bien entendida nos llevaba a todos no sólo a aprender, a incorporar el conocimiento porque, aquí no se trata solo de memorizar y aprender textos, libros, leyes y demás, sino que se trata de mejorarse. De ser uno cada día que pasa un poco mejor, crecer, progresar y el progreso no es meramente ascenso, tal vez hoy esa autoridad está en crisis, especialmente en la escuela inicial. Y nosotros lo vemos en esta educación superior, y hacemos lo que está nuestro alcance para en la medida posible corregirlo, si esto fuese así.

Y digo, piensen que muchos de ustedes tienen hijos, los tendrán, y la necesidad de que ese vínculo, padres educadores, se recomponga.

Vivimos tiempos complejos, a nadie le escapa, el mundo está en una tremenda crisis. A nadie esto le escapa tampoco.

Entonces, en definitiva, no solo alcanzan el hito de ser profesionales a partir de este momento, se consagra de alguna manera con la entrega del diploma, se simboliza, sino que también continuarán siendo ciudadanos del mundo. Y esto creo que tiene que tener un valor especial para todos para nosotros y para ustedes.

Como dicen nuestras autoridades, la vicedecana, el decano en cada acto, ejerzan, no sólo con profesionalismo, ejerzan con responsabilidad, ejerzan con ética, con valores, fundamentalmente sean empáticos con los que les toque tratar.

En definitiva, ese es el aporte que esta Universidad de Buenos Aires le hace a la sociedad toda.

Y, por último y para concluir, y a título personal yo les pido que no se olviden que esta educación es pública, no solo pública, es no arancelada y me animo a decir que, de no ser así, no todos podrían estudiar y la Argentina necesita más y mejores profesionales.

Bueno, les deseo suerte, éxitos y desde ya muchas gracias.