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Año VIII - Edición 140 23 de abril de 2009

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Conferencias del Profesor Doctor Ronnie Lippens

  • Notas

EL DR. RONNIE LIPPENS, PROFESOR DE LA UNIVERSIDAD DE KEELE (INGLATERRA), DISERTÓ EN NUESTRA FACULTAD SOBRE “LA FILOSOFÍA EXISTENCIALISTA Y SU VIGENCIA PERMANENTE PARA LOS CRIMINÓLOGOS DE HOY” Y “LA PROBLEMÁTICA ACTUAL DE LA CRIMINOLOGÍA CRÍTICA”

Durante los días 13 y 15 de abril, el Profesor de la Universidad de Keele (Inglaterra) Dr. Ronnie Lippens, se presentó en el Salón Rojo de la Facultad de Derecho con el objeto de pronunciar dos conferencias. El Profesor de nuestra Casa, Dr. Carlos Elbert, presentó al destacado invitado.

La primera conferencia, dictada el día 13 de abril, se tituló “La filosofía existencialista y su vigencia permanente para los criminólogos de hoy”. El Dr. Lippens evocó los importantes cambios que comenzó a sufrir la vida intelectual en Europa durante la Segunda Guerra Mundial. “Con el totalitarismo, la autoridad como tal empezó a despertar sospechas de haber perdido su razón de ser y su fundamento”, expresó. Así, aseguró que las obras de Nietzsche volvieron a cobrar importancia; la humanidad debía enfrentarse a sí misma, en un entorno sin terreno firme ni bases confiables. En tal sentido, identificó al momento con el concepto de “humanidad en la hora cero” que, aunque no duró demasiado, produjo abundante reflexión filosófica de gran influencia, entre la cual la obra “El ser y la nada”, escrita por Sartre en 1942, pudo haber sido considerada la de mayor relevancia.

Seguidamente, sintetizó que para Sartre el ser humano no es, sino que se transforma de manera inevitable. Por medio de su propia negatividad e indeterminación los seres humanos cobran existencia a través de la elección. De tal modo, según el autor comentado, en el momento en que el ser analiza su ser en el mundo, delibera al respecto y finalmente decide y hace una elección, nada está grabado en piedra, aunque eso no significa que en la existencia humana nada sea absolutamente predecible. “Los seres humanos no pueden sino elegir. No elegir es, en sí, una elección”, aseveró. Asimismo, explicó que, debido a que el individuo nunca es igual en el momento de tomar decisiones, dado que el ser siempre se está transformando, se podría inferir que, al menos en teoría, en cada situación singular en que el ser decide y elige, debería comenzar el proceso desde cero. No obstante ello, entendió que el existencialismo de Sartre permite que haya cierta coherencia entre las decisiones de un individuo, pues en lo más profundo del ser, reside su proyecto de vida básico y fundamental. Esto se refiere a la decisión original más fundamental del ser, que incluye proyecciones básicas e imágenes del tipo de persona que al ser le gustaría ser percibido. De esta manera, a pesar de que los proyectos son muy rudimentarios, al menos dan color a las elecciones del ser a medida que avanza de un momento a otro, otorgando cierta coherencia a sus decisiones. Entonces, Sartre recomienda al criminólogo que intente entender las decisiones de delincuentes, policías o jueces, averiguar acerca de sus respectivos proyectos de vida y denomina a estos intentos “psicoanálisis existencialista”.

Por otra parte, sostuvo que la elección humana nunca es puramente racional; aquello que hay “de más” se relaciona justamente con la elección original del ser, y también con el bagaje cultural, preferencias estéticas y consideraciones sobre la necesidad pragmática percibida. Asimismo, explicó que para Sartre, cualquiera que se niegue a asumir responsabilidad por sus decisiones y elecciones tomadas en total libertad, recae en la mala fe. Trasladando los conceptos al campo criminológico, señaló que el abuso, el abandono y el exceso de violencia durante la infancia pueden haber constituido la mayoría de los materiales que forman el horizonte del delincuente, pero éste debe incluir elementos para otros proyectos de vida y cursos de acción. “Transformarse en matón y ladrón es, cada día, una elección (...) y en el peor de los casos ella discurre entre robar una rodaja de pan o morir”, añadió.

Posteriormente, se refirió a la obra subsiguiente de Sartre, fruto de la aplicación de los conocimientos desarrollados en su obra maestra al campo de la criminología, para realizar un análisis meticuloso de las múltiples reinvenciones de sí mismo de Jean Genet. No obstante ello, la mayor parte de la literatura sobre criminología no se vio afectada por la doctrina emergente. Sin embargo, a través del Atlántico, había surgido el interaccionismo simbólico que, en gran medida ya estructuraba las agendas de investigación. Pueden encontrarse grandes vínculos entre esta corriente y el existencialismo de Sartre y ejemplificó con que ambos se centran en el ser dialógico y sus deliberaciones y conversaciones internas contigentes. Pero esto no implicó que se llegara a aplicar el existencialismo en la comunidad criminológica, lo cual consideró sorprendente teniendo en cuenta que la década de 1960 fue otro “momento existencialista de la historia”.

Adentrados en el siglo XXI, declaró que el existencialismo está siendo redescubierto en forma gradual, incluso por los criminólogos. Existe actualmente una literatura criminológica emergente que, inspirada en el existencialismo, analiza cómo la contemplación existencial minuciosa e intrincada apuntala los experimentos de pensamiento de los delincuentes y finalmente sus decisiones y elecciones. Así, indicó que esta literatura también intenta explorar cómo toman las decisiones los hacedores de políticas y quienes integran el sistema de justicia penal. Este creciente interés en el pensamiento existencialista no es casual, opinó, pues estamos en una época en la que todo fluye y las certidumbres están decayendo. Pero ya no se trata de la muerte de los ídolos, sino de una sobreabundancia de los mismos en una “sucesión interminable de construcción y deconstrucción caótica”, finalizó.

El día 15 de abril, el Dr. Lippens expuso sus puntos de vista acerca de “La problemática actual de la criminología crítica”. Reseñó brevemente la historia del control del delito, la cual no es más que la historia de los intentos por controlar y poder verificar o hacer predecibles “las imparables formas de vida” y comportamientos a través de los cuales la existencia humana se transforma. En este sentido, señaló que en las épocas preclásicas, hasta el siglo XVIII, esto se hacía mediante castigos duros e impresionantes, en un contexto en el que legisladores y magistrados tendían a interpretar al gobierno como mero sometimiento de los pobladores. Así, agregó que se trataba a los seres humanos como organismos biológicos a los que debía hacerse sentir dónde y cuándo ser, cómo comportarse y, de ser necesario, hasta destruirlos físicamente. “Este modelo nunca desapareció por completo”, concluyó. A continuación, hizo referencia al modelo clásico, que vio el surgimiento de interés en la vida interior de los seres humanos, pero sólo se reconocía la dimensión mecánica y calculadora en cuanto a costo-beneficio. Por ello, continuó, se creía que todo sistema de control de delito y gobierno debía jugar con este aspecto de las deliberaciones de los seres humanos, las cuales parecían ser iguales en todos, teniendo como meta lograr la predecibilidad mecanizada general.

Por otra parte, explicó que en el siglo XIX surgió un claro interés por la riqueza interior del ser humano, orientado hacia la estandarización de enormes porciones de la población a través de la disciplina y la autodisciplina. A tal respecto, opinó que el modelo parece estar en caída. De este modo, estimó que existe un resurgimiento de modelos preclásicos y clásicos. No obstante ello, consideró que existe un modelo de control del delito y gobernabilidad que aun se interesa por los complejos seres internos de los delincuentes y que no necesariamente apunta a la estandarización y disciplina. Este modelo se ha cristalizado desde alrededor de la década de 1980 bajo el nombre de “justicia restaurativa”.

Posteriormente, desarrolló algunas de las ideas fundamentales relativas a este modelo. En ese sentido, entendió aplicables a la cuestión del delito algunas premisas impulsadas por la filosofía budista. En relación con el crimen, explicó que podría percibirse como resultado de ciclos interminables de aspiración y ambición basada en identificaciones con lo que dicen, hacen y tienen los demás; seguidos por la frustración, el resentimiento, la agresión, la violencia y el crimen. “Lograr vaciar nuestro ser, podría ser la clave para romper con esos ciclos”, afirmó.

El profesor invitado reconoció las medidas de control del delito como parte de los ciclos ya descritos de aspiración y ambición. Por ello, estimó que no debe sorprender que diversos criminólogos pacifistas durante 1980 y 1990 se inspiraran, entre otras ramas de pensamiento, en la filosofía budista. El argumento básico sería el siguiente: “si la reducción del delito es lo que queremos lograr y si queremos construir la paz y relaciones armoniosas, la forma más efectiva de control del delito sería reducir lo más posible el daño y la agresión en las medidas de control planteadas”. Aunque suene a ingenuo, subrayó que actualmente los criminólogos tienden a utilizarlo de modo más pragmático, totalmente conscientes de la necesidad de ser más activos y creativos en el camino hacia la paz.

A continuación, recordó que una de las tendencias de la criminología crítica, conocida con el nombre de abolicionismo, aboga por el reemplazo del sistema penal por prácticas de resolución de conflicto en las que participaran directamente víctimas y victimarios. En esa línea de ideas, subrayó que los abolicionistas redefinieron los delitos penales como conflictos sólo susceptibles de resolución mediante la participación directa de las propias partes involucradas. No obstante, aclaró que para llegar a esa resolución, es necesario que ambas partes se comuniquen y lleguen a un acuerdo, lo cual puede plantear un problema en tanto es razonable asumir que la falta de comunicación entre ambos fue precisamente lo que dio origen al conflicto primigenio. Por eso, consideró que tal vez sería necesario organizar alguna forma de mediación para su resolución. En idéntica tesitura, recalcó que en las últimas décadas ha surgido un nuevo concepto, la justicia restaurativa, en cuyas iniciativas el proceso de comunicación tiene por objetivo instar a todas las partes a trabajar activamente para reparar las consecuencias de los daños y restablecer hasta comunidades menos conflictivas.

Entretanto, destacó que en algunos modelos de justicia restaurativa se faculta al mediador -agente estatal- a volver al “proceso penal normal” en caso de resultar imposible llegar a un acuerdo entre el presunto agresor y la presunta víctima.

Hacia el final de su exposición, analizó las diferencias que plantean los diversos modelos de justicia restaurativa y se reflexionó acerca de su utilidad. Señaló que encontrar el punto de equilibrio de control del delito es uno de los problemas que la criminología afronta en la actualidad y que debe intentar resolver.